PREVENTA (clic para ver condiciones)

94p., 15 x 22cm., rústica / Narrativa / 1ra. ed., CGeditorial, Rosario, 2026.

La ironía de caerse mal en el mejor momento

Supongo que esta introducción se parece bastante a la primera copa de la noche. Esa que uno no toma por sed, sino para juntar valor antes de empezar a decir la verdad.

Jamás me imaginé volver a escribir.

No por falta de palabras —para una escritora frustrada eso sería bastante fácil, ¿no?— sino porque, en algún punto, entendí que escribir implicaba mirar demasiado de cerca. Y yo había llegado a un acuerdo bastante razonable con la vida: no mirar.

Funcionar, sí.

Cumplir también.

Incluso aparentar cierta estabilidad emocional, si la ocasión lo ameritaba.

¿Pero mirar? Eso ya era un lujo innecesario.

Empecé a escribir en una etapa donde todo era tan gris que hasta el tango más melancólico sonaba optimista a mi lado. Una tristeza poco elegante, de esas que no inspiran poesía sino repetición.

Después, según el relato optimista de terceros —esa especie de prensa que insiste en narrarnos mejor de lo que estamos— “mejoré”.

Dejé de escribir.

Qué curioso que a eso le llamaran mejorar.

Yo sospecho que simplemente perfeccioné el arte de vivir en automático. Esa disciplina moderna de atravesar los días sin hacer demasiado ruido interno ni externo. Una anestesia funcional. Práctica. Bastante amarga, si uno se detiene a pensarlo.

Cosa que, por supuesto, yo evitaba.

Y entonces llegó ella.

Me caía mal...

 

PREVENTA: Café recalentado // Adhara Ojeda

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La ironía de caerse mal en el mejor momento

Supongo que esta introducción se parece bastante a la primera copa de la noche. Esa que uno no toma por sed, sino para juntar valor antes de empezar a decir la verdad.

Jamás me imaginé volver a escribir.

No por falta de palabras —para una escritora frustrada eso sería bastante fácil, ¿no?— sino porque, en algún punto, entendí que escribir implicaba mirar demasiado de cerca. Y yo había llegado a un acuerdo bastante razonable con la vida: no mirar.

Funcionar, sí.

Cumplir también.

Incluso aparentar cierta estabilidad emocional, si la ocasión lo ameritaba.

¿Pero mirar? Eso ya era un lujo innecesario.

Empecé a escribir en una etapa donde todo era tan gris que hasta el tango más melancólico sonaba optimista a mi lado. Una tristeza poco elegante, de esas que no inspiran poesía sino repetición.

Después, según el relato optimista de terceros —esa especie de prensa que insiste en narrarnos mejor de lo que estamos— “mejoré”.

Dejé de escribir.

Qué curioso que a eso le llamaran mejorar.

Yo sospecho que simplemente perfeccioné el arte de vivir en automático. Esa disciplina moderna de atravesar los días sin hacer demasiado ruido interno ni externo. Una anestesia funcional. Práctica. Bastante amarga, si uno se detiene a pensarlo.

Cosa que, por supuesto, yo evitaba.

Y entonces llegó ella.

Me caía mal...